sábado, 1 de octubre de 2011

Alberto Vázquez-Figueroa

Cuentan las leyendas que en tiempos muy remotos los baobabs se habían convertido en los árboles más hermosos de África, los más altos, corpulentos y resistentes al calor, con gigantescas copas repletas de millones de anchas hojas que proporcionaban una sombra tan constante, agradable y suavemente perfumada, que invitaba a los hombres a acudir desde lugares muy distantes en busca de un refugio que compartían con los dioses del bosque.
Juran que el tronco y los frutos del baobab manaba por aquel entonces un agua limpia y fresca, por lo que al parecer era bajo su generosa protección donde se compraba y vendía el ganado, se consolidaban las amistades, se concertaban, o se iniciaban las guerras.
Y cuentan de igual modo las leyendas que el hecho de sentirse protagonistas absolutos de la vida de muy distintas tribus y comunidades, trajo aparejado que los baobabs acabaran por sentirse superiores al resto de los árboles, tan altivos y distantes, tan prepotentes y pretenciosos que, de mutuo acuerdo, sus vecinos optaron por dejarlos solos, creando a su alrededor un inmenso vacío que acabó por transformarse en desierto.
la mayor parte de sus congéneres se alejaron hacia el sur para unirse entrelazados sus ramas, sus raíces y sus lianas hasta conformar las espesas selvas siempre húmedas y pobladas por todo tipo de animales, mientras que los orgullosos baobabs prefirieron continuar defendiendo con altivez su independencia, permaneciendo para siempre en el norte, donde con el paso del tiempo no tuvieron más compañía que el sol, el viento, cabras, camellos y algunos desperdigados grupúsculos de sedientos seres humanos.
Por ello, cuando mucho más tarde el Creador decidió regresar a la Tierra con el fin de admirar su obra, se sintió profundamente disgustado por la actitud de unos ensoberbecidos árboles que habían acabado por convertir el paraíso en un desierto, y como no estaba en su forma de ser aniquilar para siempre a quienes al fin y al cabo habían nacido de su propia mente, decidió castigar su desmesurada presunción dándoles la vuelta, de tal modo que sus frondosas ramas crecieran bajo tierra, mientras sus gruesas y desnudas raíces, incapaces de proporcionar ya sombra alguna, quedaran expuestas al aire.
Desde aquel ya muy lejano día, los baobabs son por lo tanto inmensos árboles invertidos, aunque tan pagados de sí mismos y soberanamente estúpidos que aun no se han percatado de que crecen y crecen sin desmayo, pero que lo hacen siempre en la dirección equivocada.
Y cuentan por último las leyendas que quienes nazcan bajo la cambiante sombra de un baobab acabarán irremisiblemente locos, puesto que todo lo verán siempre con la cabeza enterrada y los pies al aire.