Y sin embargo, chocamos. Y al chocar no solo casi nos destruimos, sino que casi destruimos también al planeta al que orbitábamos. Nuestro punto de anclaje en el universo, sin el cual vagaríamos perdidos.
Uno de los dos cometas, tras el choque, tomó una dirección más cercana al planeta. Siguió en su órbita, más cerca, atrayendo los pequeños trozos de asteroides que ayudarían a ir llenando poco a poco los cráteres causados.
El otro cometa tomó la dirección contraria. Ya no orbitaba al planeta, sino que solo se acercaba de vez en cuando, un fugaz recuerdo de lo que una vez fue.
Y lo que nadie pareció notar es que los que acabaron más lejos fueron los dos cometas, que no volvieron a aproximarse.
Ahora, fruto de sus respectivos movimientos con respecto al planeta, parece que los cometas podrían volver a acercarse.
El recorrido del planeta es lo que resta para resolver esa ecuación.