Aquel día me dijiste que, estando entre dos caminos, tenía que escoger uno de ellos, porque otear al horizonte de los dos a la vez no iba a traer nada bueno. Sin embargo, aquello parecía tener fácil solución, pues uno de los dos caminos estaba cerrado por un altísimo muro, tan grueso que parecía imposible de atravesar. Aun así, fue el camino que escogí, el tuyo. Porque era lo que me pedía el alma, por muy sinsentido que fuera.
Y cuando te conté mi decisión, viéndome ya de pie frente al muro inexpugnable, me tendiste una cuerda desde la parte de arriba. No fue suficiente para conseguir trepar hasta la cima, pero si para echar una ojeada a lo que había detrás. Y era un infinito tan hermoso que se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero ese infinito tiene una lista de admisión extraordinariamente exclusiva, y ahora solo se encuentra abierta para ti. No quieres a nadie en tu mundo, y es comprensible: dejando entrar a la gente incorrecta hay partes de él que nunca volverán a ser las mismas.
Pero si es así, por qué me dejaste mirar por encima? Es más, por qué me impulsaste a hacerlo? Era más fácil sobrellevar el no ser capaz de trepar aquel muro sin haber visto la maravilla que esconde, sin haberla deseado como nunca había deseado nada en mi existencia.
Entiendo que hayas acabado siendo más reservado que yo. Entiendo que el "por qué no?" haya acabado dándote miedo. Entiendo que quieras estar seguro de lo que quieres antes de dar el siguiente paso. Pero por qué quedarte a medio camino?
A veces, la duda es peor que la peor de las certezas.