miércoles, 29 de junio de 2011

Carmen Laforet



Entonces supe lo que deseaba: quería ver la Catedral, envuelta en el encanto y misterio de la noche. Sin pensarlo me lancé a la oscuridad de las callejas que la rodean. Nada podía calmar y maravillar mi imaginación como aquella ciudad gótica naufragando entre húmedas casas construidas sin estilo en medio de sus venerables sillares, pero a las que los años habían patinado también con un encanto especial, como si se hubieran contagiado de belleza. El frío parecía más intenso encajonado en las calles torcidas. Y el firmamento se convertía en tiras abrillantadas entre las azoteas casi juntas. Había una soledad impresionante, como si todos los habitantes de la ciudad hubieran muerto. Algún quejido del aire en las puertas torcidas. Nada más.

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