domingo, 13 de noviembre de 2011

Shakespeare

Julieta.- ¿Tan pronto te vas? Aún tarda el día. Es el canto del ruiseñor, y no la alondra el que resuena. Todas las noche se posa a cantar en aquel granado. Es el ruiseñor, amado mío.

Romeo.- Es la alondra que anuncia el alba; no es el ruiseñor. Mira, amada mía, cómo se van tiñendo las nubes del oriente con los colores de la aurora. Ya se apagan; las antorchas de la noche. Ya se adelanta el día con rápido paso sobre las húmedas cimas de los montes. Tengo que partir, o, si no, aquí me espera la muerte.

Julieta.- No es ésa la luz de la aurora. Te lo aseguro. Es un meteoro que desprende de su lumbre el sol para guiarte en el camino a Mantua. Quédate. ¿Por qué te vas tan pronto?

Romeo.- ¡Que me prendan, que me maten! Mandándolo tú poco importa. Diré que aquella luz gris que allí veo no es la de la mañana, sino el pálido reflejo de la luna. Diré que no es el canto de la alondra el que reina. Más quiero quedarme que partir. Ven, muerte, pues Julieta lo quiere. Amor mío, hablemos, que aún amanece.

Julieta.- Sí, vete, que es la alondra la que canta con voz áspera y destemplada. ¡Y dicen que son armoniosos los sones, cuando a nosotros vienen a separarnos! Dicen que cambia de ojos como el sapo. ¡Ojalá cambiara de voz! Maldita ella que me aparta de tus atractivos. Vete. De cada vez se clarea más la luz.

Romeo.- ¿Has dicho luz? No, sino tinieblas de nuestro destino. ¡Un beso! ¡Adiós, y me voy!

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