-No tardéis -dijo en voz baja, y le dio otro bocado a su pastel mientras ellos abandonaban el salón.
Maud cruzó en vestíbulo, caminando delante de Walter. Se detuvo ante una gran puerta y esperó a que el la abriera. Entraron.
En la gran sala reinaba en silencio. Estaban solos. Maud se lanzó a sus brazos y Walter la estrechó con fuerza, apretando su cuerpo contra el de él. Ella miró hacia arriba.
-Te quiero -dijo, y lo besó con avidez.
Al cabo de un minuto, sin aliento, se separó de él. Walter la miró con adoración.
[...]
Se la llevó detrás de una estantería para que no pudieran verlos de inmediato si entraba alguien, y allí volvió a besarla. Ese día estaba deliciosamente ansiosa, sus manos recorrían los hombros y los brazos mientras correspondía a su beso, y entonces lo interrumpió un momento para susurrar:
-Levántame la falda.

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