Despertó a media tarde, como todos los días, sin saber apenas dónde se encontraba. Un par de brazos femeninos le rodeaba la cintura, y otro descansaba cerca de su cabeza. Parpadeó, confuso, y con el dolor de cabeza y el malestar propios de una resaca. Sentía los miembros entumecidos. Pero para Álvaro, despertarse así no era ninguna novedad. De repente, su teléfono móvil vibró desde la mesilla. Estiro el brazo, librándose de un manotazo de los que lo rodeaban, y lo cogió. “Santi llamando”.
-¿Qué quieres?
-Que salgas a la calle, para variar, y de día, el cupo nocturno ya lo tienes cubierto.
-¿Para qué?
-Para no parecer un muerto cada vez que te veo. Vamos, vístete, que me imagino que no lo has hecho ya. En veinte minutos envío un coche a recogerte.
Santi, su mejor amigo, colgó el teléfono. Álvaro suspiró y se incorporó.
-Señoritas, ya no se precisa su compañía. La puerta está al final de las escaleras.
Las dos chicas se levantaron, recompusieron sus escuetas prendas y desfilaron por la puerta.
A los veinte minutos, Pablo, su mayordomo, llamó a la puerta.
-Señor, hay un coche en la puerta esperando por usted. Lo envía el señor Santiago.
-Dile que ahora salgo
Al rato, llegaron a la casa de los Aguilar. Santi esperaba en el recibidor, con dos copas de licor en la mano.
-Ten, hacía mucho que no te veía bajo la luz del sol.
-No suelo salir bajo la luz del sol, me va más la oscuridad.
-No hace falta que lo jures… Escucha, Diana ha organizado una fiesta esta noche, y como suponía que se te había olvidado…
-De hecho, no.
-Ya. Como suponía que se te había olvidado, me he permitido recogerte para recordarte que tenemos que estar allí. Va a estar la élite. Incluidos peces gordos que conviene que nos avalen para la universidad. Así que tienes que estar presentable. Además, tu padre confía en ti.
-¿Por qué tendría que complacer a mi padre?
-Sabes lo que pienso de esto. Vamos, date una ducha, hueles a alcohol, y vístete, tenemos dos horas.
Más tarde, llegando a casa de Diana en el coche de Santi, el móvil de Álvaro volvió a sonar.
-¿Papá?
-¿Dónde estás, Álvaro?
-De camino a casa de Diana, a la fiesta de esta noche.
-Eso quería oír, no confiaba en que lo hubieras recordado. Te veré allí.
-Encantado de hablar contigo, papá- murmuró Álvaro, a pesar de que su padre ya había colgado.
Diana los saludó efusivamente.
-¡Álvaro! ¡Santi! ¡Hacía mucho que no pasabais por aquí! ¿Qué tal estáis? ¿Estás sobrio, Álvaro? Sabéis que aquí no quiero escándalos, especialmente hoy. Mi admisión en la universidad está en juego. Comportaos.
Como siempre, se marchó a la carrera, sin dejarles mediar palabra.
-Vaya huracán… -murmuró Santi.-Sin embargo, tiene su encanto. ¿Te importa?
-En absoluto- dijo Álvaro, haciéndole un gesto para que se marchara.
A los pocos segundos, Álvaro notó una mano en su hombro.
-Me alegro de verte aquí, y presentable, para variar
-Supongo que no confiabas en que pudiera, papá.
-No, en realidad no. No quiero que me pongas en ridículo esta noche. Recuérdalo.
Se dio la vuelta y fue hacia una eminente pareja en el centro del salón. Álvaro lo miró durante unos segundos, y empezó a andar hacia la puerta. Santi, recomponiéndose la camisa, lo alcanzó en el vestíbulo del edificio, donde Álvaro estaba ya saliendo por la puerta.
-¡Eh! ¿A dónde vas? ¿Qué pasa con la fiesta?
-No me importa. ¿Vienes conmigo o te quedas?
-Espera que me lo piense… Vamos.
A la mañana siguiente, o mejor dicho, la tarde, vuelta a empezar. Los días de Álvaro discurrían en la nebulosa de la rutina: despertarse tarde, pasar la noche en bares y las madrugadas en el hotel de la compañía de su padre en compañía de chicas que había conocido la noche anterior y que nunca volvería a ver.
Santi iba y venía, a veces harto de intentar sacarlo de esa vida, a veces con energía y optimismo, creyendo que lo conseguiría. No lo hizo. Su consciencia iba y venía, apenas recordaba nada del día anterior. Hasta que tuvo que empezar a recomponerse, porque el curso había empezado, y todos los días Pablo, bajo las órdenes de su padre, lo sacaba de la cama a las ocho en punto de la mañana.
Los primeros días se negó a mantener una rutina, pero poco a poco esta fue calando en su comportamiento. Santi lo veía día a día en el instituto, sumido en la inercia, si prestar atención a nada, excepto tal vez a la idea de que a la salida podría refugiarse otra vez en alguno de sus bares favoritos.
Lentamente, se consumía entre el alcohol y las drogas.
Hasta que, una noche, tocó fondo.
Empezó como otra cualquiera. Al sonar las 10 de la noche, se preparaba para salir, cuando su móvil sonó. Un mensaje de Santi. “¿Quedamos esta noche? Dime sitio y hora”. Álvaro sonrió para sus adentros. Habían sido muchos años como para olvidar sus tradiciones, y salir los sábados por la noche era una que seguían pasara lo que pasara. “En media hora, donde siempre”.
Al llegar al bar, se sentaron en su mesa de costumbre. El camarero principal, sabiendo que daban buenas propinas, se acercó a su mesa con presteza.
-¿Lo de siempre, señores?
-No –dijo Álvaro-. Esta noche algo mejor. Tráenos el doble.
Santi lo miró con suspicacia.
-¿Qué te traes entre manos?
-Sólo cambiar un poco. Vamos, hemos estado distanciados últimamente, no me digas que no necesitas algo así tanto como yo.
Álvaro sonrió, sabiendo que su amigo claudicaría de un momento a otro. Al cabo de unos pocos segundos, Santi se rindió.
-Si, tienes razón.
La noche fue pasando entre los vasos de chupito y las rayas de cocaína. Hasta que, hacia las tres de la madrugada, las cosas se torcieron. Una chica se acercó a la mesa que compartían Santi y Álvaro.
-¿Tenéis un cigarrillo?
-Por ti, tenemos lo que sea, pero para eso tienes que quedarte…- contestó Álvaro.
Al momento, apareció un chico detrás de ella, con todo el aspecto de ser su acompañante.
-¿Qué le has dicho?
-Lo siento, error mío- contestó Álvaro-. Aunque tendrías que tenerla más controlada, si se acerca a cualquiera que no tenga mi decencia, probablemente le ofrecería un cheque con unos cuantos ceros y una noche en un hotel.
-¿Qué has dicho?
El desconocido cogió a Álvaro de la chaqueta y lo levantó de su sitio.
-¡Eh! ¿Qué haces?- gritó Santi, y un momento después le estrellaba el puño en la mandíbula.
Un par de horas después, seguían en la comisaría. Un oficial se acercó a ellos.
-¿Álvaro? Ha llamado tu padre, su abogado se hará cargo de ti.
-El abogado de mi padre te sacará de aquí, no te preocupes- le dijo Álvaro a Santi.
-¿No te preocupa lo que pueda decir tu padre?- le preguntó Santi- Me refiero, con la vida que llevas, y el hecho de tener que sacarte de la cárcel…
-A mi padre lo único que le molestará es tener que llamar a su abogado y perder un par de minutos de su tiempo en sacarme de un lío.
-Es tu padre, tiene que preocuparse por ti, al menos un poco. Es imposible que no te quiera, aunque sea simplemente por haberte criado.
Álvaro lo miró largamente. Aunque se conocían de toda la vida, nunca habían hablado de eso. Santi jamás lo había mencionado, sabiendo que probablemente tocaría puntos sensibles al hacerlo, pero esa noche, al estar bebidos y en la comisaría, el tener tacto quedó a un lado por un momento. Álvaro decidió contarle algo que su amigo no había escuchado en todos sus años de amistad.
-No cuando su amada esposa murió dando a luz a su único hijo. No cuando me considera culpable de su muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario