Vale que mi vida sea un batido constante de cosas que hacer, cada una en un extremo de la ciudad, y que vaya cual torbellino de un lado a otro. Pero al menos cada una de esas cosas es estable a su manera. Se que está ahí, se qué me voy a encontrar cuando llegue a ellas, y se lo que implica cada una.
Contigo no es así.
El cambio entre dos días perfectos y el callarme lo que pienso por miedo a que te vayas se puede dar en cuestión de minutos. Y el cuidado que quiero mantener es algo a lo que estoy muy poco acostumbrada. Yo que siempre he sido de arrasa con lo que veas y generoso no seas, contigo voy con pies de plomo. Por si acaso. Tal vez por esa costumbre de torbellinear allá donde voy. "Aquí estoy yo y esto es lo que pienso".
Contigo no funciona.
Estoy descubriendo ese nuevo miedo a que un comentario o actitud pueda hacer que no quieras quedarte. No eres estable. No soy estable. Quizá por eso tenga tantas ganas de que quieras seguir aquí. Puede que nos hayamos encontrado por casualidad, como dos cometas que vagan por ahí sin rendir cuentas a nada ni a nadie, y que chocan en el espacio. Pero vaya si voy a intentar tenderte un lazo, impalpable como la luz. No para atarte a mí, ambas somos libres. Sino para que, aunque sigas rondando por donde te lleven las circunstancias, sepas que al otro lado estoy yo. Que si tiras de ese lazo, cuando quieras podrás aparecer a mi lado.
Casi mágico, no?
Si lo quieres, es tuyo.
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