Con su lógica aplastante, y sus apreciaciones que ni el más erudito catedrático ha podido dilucidar. Su increíble memoria, su capacidad de retención y aprendizaje a enorme velocidad. Su imaginación desbordante, capaz de construir un castillo, un barco pirata o una nave espacial con la misma caja de cartón. Y también sus rabietas y su cabezonería, su negación a cualquier argumento razonable cuando no están consiguiendo lo que quieren.
Somos lo que se nos mete en la cabeza desde pequeños, por encima de cualquier cambio posterior. Somos los columpios del parque, los saltos en bomba a la piscina y los quesitos babybel. Somos los baños con juguetes y las películas de Disney. Somos las hojas de morera para los gusanos de seda. Y somos, por encima de todo, esa carrera llena de ilusión al ver a mamá en la puerta del cole. Somos, sin darnos cuenta, deseando serlo.
Ya lo dijo Picasso: "He tardado 90 años en aprender a pintar como un niño".
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